Cuando no hay incendios que apagar, recargo igual las mangueras, reviso que el agua funcione correctamente, me pongo mi traje y me siento a esperar.
Cuando no hay incendios que apagar, confundo cualquier sonido con la sirena de alarma, mi cuerpo se agita, mi piel suda, siento que necesito hacer algo urgente, rapido, certero.
Cuando no hay incendios que apagar, paseo por la ciudad buscando alguno, reviso cada casa, cada pastizal expuesto al calor del verano, cada esquina cubierta de hojas, todo es un posible foco.
Y aunque todo este tranquilo, aún escucho las alarmas de incendio, aún tengo mi traje puesto, aún tengo la manguera en mis manos, siento miedo, a veces demasiado.
Pero no hay incendios que apagar. Ninguna vida va a perderse hoy, ninguna persona va a llorar, ningun hogar va a encontrarse destruido entre llamas violentas.
No necesito hacer fuerza con mis sentidos por si la alarma suena demasiado bajito, no necesito estar preparada para cuando todo arda. Ya no es necesario que este traje calcinante recubra mi cuerpo, estoy a salvo si me lo quito, estoy a salvo si bajo la guardia.
Y suena imposible.
Suena escalofriante.
Pero hoy no hay incendios que apagar.
Asi de liberador y angustiante como se escucha.
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